Es culpa de la sociedad, dicen.
23:31Existen cosas que guardamos tan dentro y tenemos tanta cautela en que no sean vistas que a veces hasta nos olvidamos el motivo que nos lleva a hacerlo… Constantemente me cruzo con gente por la calle, en el metro, por los pasillos de la universidad y a veces me paro a analizar sus actitudes. La mayoría aparenta ser feliz, sin problemas, sin complejos… Y me pregunto si es verdad o tan solo es un mecanismo de defensa. Me dijeron una vez que lo mejor es callarse las cosas porque si descubren que estás mal te toman por débil y te hunden más, de forma que ya no sabes cómo salir adelante y acabas dejándote llevar por la inseguridad y eso como una bola de nieve solo crece. Pero en vez de nieve, mierda. Te dicen: “puedes comer lo que quieras, no hace falta dejar de hacerlo, tan solo después vas al baño, enciendes el grifo y te metes los dedos en la garganta y dejas que la comida salga. Ya nadie volverá a meterse contigo y tú te sentirás bien contigo misma”, dicen. Entonces piensas que es una locura, que eso lo hacen los trastornados mentales y que no, que no y que no. Pero un día ya no aguantas más. El chico que te gusta no te mira, para él eres invisible porque tiene que mirar a alguien que es más guapa, más delgada, más feliz… Y decides que todo te supera, ¿por qué no puedes ser como ella? ¿Qué tiene ella que no tengas tú? Y entonces te pones a pensar y llegas a la conclusión de que tiene todo y que tú, no tienes nada. Que el problema es que eres como eres y por eso nadie nunca se fija en ti. Entonces te metes en el baño, cierras la puerta con llave y enciendes el grifo. Respiras hondo, abres el váter y haces ademán de meterte los dedos, pero paras. Piensas que es una locura otra vez, pero de pronto te invade el pensamiento de que ya no te queda nada que hacer, solo sabes que quieres dejar de ser como eres. Que quieres dejar de darte asco. Y esta vez no se queda en un intento. Lo haces y sentencias tu vida. Cuando acabas das a la cisterna y te sientas. Respiras hondo nuevamente y mientras te limpias la boca con el brazo percibes como las lágrimas empiezan a caer por tu rostro. Intentas ser fuerte y controlarlo pero es inútil. Tras unos minutos te recompones y te vas a tu habitación. Por la noche no eres capaz de pegar ojo pensando en lo que hiciste. Y lo que se supone que te haría mejor ahora tan solo consigue que te des más asco aun. Pero al día siguiente ves algo diferente. Probablemente no haya cambiado nada pero aun así crees que te ves mejor. Entonces lo vuelves a hacer. El drama es el mismo pero cada vez te cuesta menos. Acabas aceptando que es la mejor solución. Pasa una semana, un mes, un año… Cambias por fuera y parece ser que tus problemas han cambiado, pero por dentro la mierda está a rebozar. Te miras al espejo y te tocas el vientre. Te dicen que te ves bien, si estás haciendo algo diferente y por dentro contestas que sí, te estás matando, pero por fuera abres una sonrisa y contestas: “no, nada”. Y así pasan los días, alguien se fija en ti, dejas de ser invisible, dejan de meterse contigo. Los problemas aparentemente están solucionados pero de alguna forma no dejas de hacerlo. Día tras día, comida tras comida. Tal cual un círculo vicioso. Y cuando menos esperas estás metida en un laberinto y no te ves capaz de encontrar la salida. Sabes que lo haces mal y por eso te callas. Por eso finges y por eso no eres capaz de mirar a las personas a los ojos. Te odias por hacerlo, te sientes débil y vulnerable. Y en vez de buscar ayuda decides echarles la culpa a tus padres, a los que se metían contigo y a la sociedad. Siempre es culpa de ella. Ella y sus malditos cánones de belleza, sus estereotipos y su moda. Pero en realidad no es así. Nadie tiene la culpa porque la culpa y la responsabilidad es solo tuya. Tú eres la culpable. Haces daño a la gente, a los que te quieren, a los que intentan descubrir qué te pasa y a cambio solo reciben malas contestaciones y borderías. Entonces un día de esos que te miras al espejo no puedes más. Ya no queda espacio para soportar todo lo que llevas dentro y tienes que estallar. De alguna forma tienes que vaciar el almacén de mierda interior. Y un día, sucede. Deja de ser tu secreto y pasa a ser tu problema. Tuyo y de quien a partir de ahora intentará ayudarte. Te vigilan, te controlan, te tratan como a una enferma, porque en el fondo eres eso, una enferma que padece de trastornos alimenticios por culpa de alguien que no se fijó en ti. Mentira. Es por culpa de tu poco amor propio. De tu baja autoestima, de la puta necesidad constante de ser aceptada, de que te admiren y te idolatren. De que no seas invisible. Por tu envidia cuanto a los demás. Por creer que siempre hay alguien mejor que tú. Pero aun así los sermones siguen siendo inútiles. A escondidas lo sigues haciendo y maldices el día en el que abriste la boca. Hasta que un día te llaman tus amigas diciéndote que una de ellas está en el hospital con un problema gástrico. Algo le ha sentado mal y no saben el qué. Problema gástrico lo llama el médico, porque en el fondo cuando miras a las demás sabéis por dentro el verdadero motivo. Entonces al ver a tu amiga en aquella situación piensas que serás la siguiente. Y de repente ocurre, tu cabeza cambia, tienes que salir corriendo y estar sola, dar vueltas, caminar, pensar y recordar todo el mal que te estabas haciendo y plantearte todo lo que puede ocurrir en un futuro. Y entonces empiezas a aceptar que las cosas pueden ser diferentes, que existen otras soluciones y que es necesario parar. Y lo haces. Y te tomas las cosas desde otro punto de vista. Pero ahora cada vez que ves a alguien hacer el mínimo esfuerzo por hundirte, saltas. Te defiendes, te sientes en la obligación de hacerle saber que no eres débil, que tan solo lo aparentas, que has vivido mucho y sabes cómo tratar a esa clase de escoria y chupa sangres que se alimentan humillando a los demás y haciéndoles parecer insignificantes, mediocres. Infravalorando a cualquiera que se les cruce. Pero un día de estos viéndoles caminar por los pasillos, por las calles o en el metro sonríes al darte cuenta de lo obvio y que tanto dolor te costó descubrir. Y es que la debilidad no está en ti. Está en los que hablan. Su amor propio es tan escaso que necesitan resaltar los defectos ajenos para sentirse mejor. Necesitan criticar a los demás para sentirse más virtuosos. Ellos son los acomplejados. Los que tienen la constante necesidad de infravalorar a los demás son los que valen poco y nada. Estos son los que dan asco. Y te aseguro que más de una bajo el maquillaje no es tan segura como aparenta. Que una vez el agua corre por su rostro arrastra las lágrimas de no saber qué pollas hacer con su vida. Y sonríes entendiendo lo qué es el mundo. Hasta los más fuertes tienen su punto débil y hasta los más débiles, con las circunstancias y los errores, se hacen más fuertes.
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