Anna no tiene tejado
21:03Estaba iniciando mi primer año de carrera cuando escuché el nombre de Anna Politkovskaya por primera vez. Entre la frustración de una elección basada en un ‘plan b’, estudiar Periodismo en aquella época me pareció la peor cosa que me podía pasar. Tras no alcanzar la nota necesaria para cursar Psicología, acabé entrando en aquel curso totalmente desanimada. Hasta que me topé con la profesora de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, la cual no solo fue la responsable de que este nombre no fuese ajeno, sino que además, fue la responsable por presentarme una profesión fascinante.
Anna Politkovskaya no tiene su historia expuesta a todos los estudiantes de Periodismo, y ya ni menciono el resto de la población… Pero a día de hoy, para mí, fue una de las mujeres más valientes que jamás he oído hablar. No solo por su trabajo, sino por su tenacidad… La historia de Anna llegó a mí por un envenenamiento, y estaba segura de que ese había sido el motivo de su fallecimiento, sin embargo ese no fue su fin. Ejercer el Periodismo no solo le quitó los latidos a Anna, sino su vida en todos los aspectos.
Anna Politkovskaya nació el 30 de agosto de 1958 en Nueva York bajo el nombre de Anna Mazepa, apellido marcado por muchos conflictos bélicos. Sus padres eran de origen soviético-ucraniano, y trabajaban como diplomáticos en las Naciones Unidas, motivos por el cual nació en Estados Unidos en el seno de una familia de clase media alta. Sus padres fueron los responsables por todos sus pensamientos y carácter. Creció entre la clandestinidad, libros censurados, pensamientos reprimidos... Pero al poco tiempo llegó a Moscú, donde estudió Periodismo. Desde pequeña le fascinaba la poesía de Marina Tsvetáyeva, también responsable, de algún modo, por la base de sus pensamientos. Con la doble nacionalidad y el dominio de los idiomas, ejercer el Periodismo no fue un problema para Anna. Llegó a trabajar en varios medios antes de encontrar, por así decirlo, “su misión”.
Una mujer vanidosa, preocupada por la moda, tendencias, con una vida buena y posición social. Su nombre era conocido y sus influencias también. Casada con un periodista, Alexander “Sasha”, algunos años más mayor que ella y que ejercía en los informativos de un canal nacional de Moscú, tuvieron dos hijos y estaban felizmente enamorados.
Toda su vida cambió el un 27 de agosto de 1996 cuando Anna descubrió la Asistencia Civil y conoció a Svetlana Gannushkina. No era una periodista muy conocida por su labor, iba detrás de noticias bomba, cosas subidas de tono y trabajaba para un periódico liberal, aunque ya dejaba ver sus críticas agresivas a las autoridades corruptas. Estaba pasando por un problema especial, en el que su marido, tras perder a su mejor amigo y compañero de trabajo en un asesinato, se dejó entregar a la bebida, por lo que estaba susceptible a un cambio de orientación, y entonces dejó de buscar las exclusivas y pasó a ocuparse de las necesidades de los demás. Cuando Anna descubrió, a través de lo que le explicó Gannushkina sobre la realidad de Chechenia, lugar de donde procedían todas aquellas personas que acudían en su ayuda, como que no podían acudir a las escuelas moscovitas y toda la represión del gobierno ruso, que Anna descubrió la situación terrible que aquel pueblo vivía. Comprendió, tras verlo con sus propios ojos entre los pasillos de la Asistencia Civil, que necesitaba hacer algo por aquella gente. Es cierto que les ayudó en muchos aspectos económicos, en huidas clandestinas, sanidad, incluso adoptando animales que llegaban sin dueño, alojándolos en su propia casa. Pero lo que más significó al pueblo checheno fue que su historia no se quedó en el silencio. Anna se encargó de narrar todas las atrocidades, consecuencias y la situación real de la Primera Guerra Chechena a los rusos. Dedicaba críticas feroces a los políticos, el presidente, a los miembros del KGB y FSB ruso. Todo lo que Anna escribía era para alertar a las personas de lo que estaba ocurriendo.
Con una vida personal más que desestructurada, no fue difícil para ella arriesgarse una y otra vez, siendo jurada de muerte por altos rangos del ejército ruso, para ayudar a quien se cruzara por su camino. Se podría decir que lo que más me impactó sobre esta valiente mujer fue cuando, en plena guerra, descubrió que entre el fuego cruzado había una residencia de ancianos donde algunos incluso padecían demencia, muriéndose de hambre, frío y enfermedades. Anna trató de negociar inmediatamente para sacarlos de allí, y cuando su contacto se rindió “por no poder hacer nada más”, tomó la línea de frente, contactó con unos soldados rebeldes y en medio al fuego cruzado sacó a todos los ancianos de allí, salvándoles la vida y sin esconderse. También, cuando fue capturada por el FSB en su base de tortura “especial”, siendo golpeada, insultada, amenazada, incluso pensando que allí era su fin, pero aún así no se rindió y siguió con su propósito: darle voz a los chechenos.
En la Segunda Guerra ya tenía contactos, entraba clandestinamente en los maleteros de los coches, disfrazada de campesina, haciendo lo que fuese necesario para no dejar a aquellas personas desamparadas, peleándose con todo aquel que intentase convencerla de hacer lo contrario, incluyendo sus hijos. Fueron muchas las amenazas, así como los artículos que escribía narrando todo lo que había visto. Sin embargo, las personas seguían con los ojos cerrados. Censurada innúmeras veces por la agresividad de sus palabras, Anna no quería popularidad, no temía ni al mismo Putin. Ella solo quería que las personas hiciesen algo. Ni siquiera los reconocimientos internacionales por su labor merecían la pena cuando no la dejaban hablar de lo que sabía. Mucho menos cuando todos aquellos culpables por el sufrimiento de la gente quedaban impunes. Y aun así no desistió.
Intercedió en muchas negociaciones, reunió pruebas, citó nombres y apellidos de los culpables. Sufrió su primer intento de asesinato en un avión, donde había conseguido una plaza por las órdenes del FSB para que ayudara en las negociaciones de un secuestro por parte de los rebeldes chechenos, que pedían al ejército ruso que abandonasen su tierra tras reunir a niños, padres y profesores en el gimnasio de un colegio. Era la segunda vez que Anna acudía para negociar. La primera había sido en un teatro. Las víctimas llevaban más de 24 horas retenidas, tiempo que tardó en regresar de una conferencia en el exterior. Los rebeldes solo querían que los rusos dejaran su tierra y hablar con ella, que entró con bocadillos y zumos para los rehenes. Pero sus intentos de ayuda en aquel entonces fueron frustrados. Putin ordenó un ataque con gas desde el sistema de ventilación, asesinando a víctimas y rebeldes con el acto. Y esta vez Anna pretendía que no fuera así. Por lo que el pueblo pasó a percibir que las estrategias del presidente no estaban bien, y por esta razón el propio FSB acudió a su ayuda, facilitándole el desplazamiento al pueblo.
A pesar de haber reconocido que algo estaba por ocurrir, lo ignoró por completo. Rechazó la cena, pero fue envenenada al tomar un té, despertando en un hospital. No murió, pero las evidencias de su envenenamiento se esfumaron con sus análisis de sangre. Acusó a Putin por ello, y una vez más no se rindió. Otros periodistas fueron asesinados en este largo camino, conocidos suyos, incluso algunos otros abandonaron el país para refugiarse y salvar su vida. Pero Anna no quería huir. No cuando había tanto por contar. La voz de los chechenos no podía morir, y por eso luchó.
Sus hijos ya no tenían argumentos ni palabras para suplicarle que se cuidara y abandonara el trabajo, y ella sabía que su hora estaba por llegar. Sobre todo cuando las amenazas eran públicas. En 2006 su madre fue diagnosticada con cáncer, y su padre había muerto de un infarto mientras iba a visitarla. Anna estaba entre el funeral de su padre y las visitas a su madre cuando, el 7 de octubre de 2006, tras volver del supermercado con algunas bolsas, fue abordada en el ascensor del edificio que vivía en Moscú y recibió cuatro disparos. El asesino dejó la pistola a sus pies, un aviso de que era por encargo, pero no hubo más trascendencia. El crimen llegó a ser investigado por Alexander Litvinenko, ex-espía ruso que al poco tiempo murió envenenado.
Al cabo del tiempo los "culpables", casualmente chechenos, empezaron a ser "encontrados" por la policía. En 2009 se celebró el juicio contra los mismos, pero resultaron absueltos por falta de pruebas. Poco tiempo después, entre 2012 y 2014, la policía condenó a seis acusados. Dos de ellos a prisión perpetúa, uno a 11 años por cómplice y los otros dos a 14 y 12 años respectivamente. Según los artículos de Anna y todo lo que investigaba, los sospechosos eran otros, altos cargos del FSB y políticos, pero nunca encontraron pruebas que le respaldase.
Los años han pasado y la cantidad de personas que conocen el nombre de Anna Politkovskaya es cada vez menor. Murió defendiendo un ideal, ejerciendo todo lo que un día había jurado, luchando por la libertad y los Derechos Humanos. Pero ella, como tantos otros, acabaron en el olvido.
Mi conclusión es que además de los que encargaron el asesinato y quien disparó la pistola, nosotros, los ciudadanos del mundo, rusos o españoles, somos tan responsables cuanto ellos. Quizá no hayamos planificado un asesinato ni hayamos disparado una pistola, pero hemos permitido, durante todo este tiempo, que todo su esfuerzo se haya quedado en el olvido. Que los chechenos, a día de hoy, sigan con sus tierras empapadas de sangre de gente inocente, y que todos los culpables hayan quedado impunes.
Anna no solo murió por no tener un tejado. También murió por la pasividad e indiferencia de los seres humanos. A día de hoy, Anna sigue sin tener tejado.
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